Don Carlos hoy ha desaparecido. No hay rastro de él en el pasaje, como tampoco de Lula, su compañera.
Esta situación me ha hecho sospechar de los vecinos, que desde hace un tiempo desarrollan planes bastante excéntricos para volver invisible al viejo alemán. Como cuando tuvieron la idea de cubrir la casa con una lámina de aluminio a fin de tapar las demostraciones de virilidad que le quedaban al don, que se le ocurría andar como vino al mundo y hacer interesantes proposiciones, de las que incluso temimos por Minerva, la perra de la casa.
Los vecinos decían proteger a sus hijos y promover la armonía de nuestra pequeña comunidad, como si fuese normal clausurar el espectáculo de aquella forma. Por lo demás, entorno al espectáculo giraban todos los acontecimientos del pasaje, brindándole gloria al anciano y contundente material para caguinear a las señoras que se sentían la última chupá del maté revolucionando al don con sus camisones estampados de sopaipillas y salsa de tomates. Con respecto a mi, Don Carlos se limitó a comentar que cada vez estaba más simpática e inteligente, aún cuando sus ojos se perdían en mi escote. Si algo debemos rescatarle al caballero es que mantuvo las sutilezas.
Él se sentía regio, alborotando a las señoras, aunque lo mojaran con la manguera, insultaran y miraran con recelo.
La gente olvida que todos recorreremos el mismo camino de decrepitud, quizás no lo viviremos con tal pasión, pero seremos viejos todos y nos pillaremos, más de una vez, repitiendo que “la cosa está cada vez más mala” y que “en mis tiempos no era así”. La vejez es una interrogante, porque nunca sabremos dónde ni cómo nos encontrará.
Antes, en la casa I, el sol llegaba a conformar un pasaje amarillo desde la entrada hasta el cuarto de los libros, en donde los textos se apilaban unos sobre otros por la falta de espacio. Era un lugar alucinante, sin salida al presente y con el olor característico del paso de los años. En la muralla colgaba un retrato, sin huella de polvo. Era el único lugar que no se vio afectado por el transcurso del tiempo. La imagen era de un hombre con rostro duro, patentado en un bigote oscuro y bien cuidado. Lo reconocí inmediatamente, aunque no pude comprender la atención que le brindaba, porque en mis paredes no hay lugar para Hitler, se lo dejo a la historia y sus consideraciones, pero en mi muralla jamás.
Los niños del pasaje huían de Don Carlos, como ahora, pero por un motivo muy distinto. Si te encontraba por ahí te comprometería en una conversación durante horas, lo que para un niño (“normal”) era lo más tedioso y aburrido, porque el caballero transmitía en otra frecuencia y su acento, sumado a la inmadurez de esos años, nos dificultaban la comprensión. Sin embargo, a mi me encantaban sus raptos y aventuras de viajes, introducirme en el polvo de su hogar y en los libros escritos con raros caracteres. Después de recorrer el mundo en distintas trayectorias, siempre terminábamos en la misma discusión de género en donde él decía que las mujeres éramos frías y calculadoras y yo le decía que era un error de interpretación. Me tomaba las manos, comprobaba mi temperatura y afirmaba -Mujer de manos calientes, mujer de corazón indiferente-. Siempre lo mismo, un gusto de rutina, en donde aprendí a descubrirme.
Cuando se murió mi abuela, y con ella todos mis referentes familiares más antiguos, inevitablemente quise reafirmar los lazos con las personas mayores que había en las cercanías, sobre todo cuando veía que Don Carlos, el hombre que recorrió todo Chile y aseguraba ser el país más bello de todos, se descomponía descaradamente.
De nuestras conversaciones creo sólo haber entendido la mitad, pero hay cosas que jamás olvidaré.
Un día le pregunté que de qué raza era su perra Lula (la verdad sea dicha: se llamaba Tula y era una belleza, pero con ese nombre nos desconcentraríamos en el relato). Ante la pregunta, me miró extrañado y, después de un rato me respondió al oído, como si no quisiera ofender a su amiga que se paseaba por ahí, que a los únicos que les importan las razas, las marcas, los apellidos y las cuentas, es a los seres humanos. A Lula sólo le importaba ser amada y debíamos respetarla en ese silencio, sin entrometernos en su historia ni husmear en su árbol genealógico.
En ese entonces, me sentí ofendida por su respuesta. Mira que tratarme así, como si yo hubiese dicho alguna barbaridad, cuando únicamente le hacía una pregunta elemental. Pero era cierto. A Lula, como a su madre, no le importaba si el prospecto que la rodeaba era similar a ella, con un pelaje brillante, más alto que el promedio, de mirada profunda o bien dotado. Ésa ha sido una de las lecciones más bellas y sencillas que me han dado en la vida, porque palpé el sentido profundo de la horizontalidad entre las especies, y que fuera un nazi quien me la diera hace de nuestro habitar en el mundo una cosa más compleja y maravillosa de lo que antes creía.